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El Sinsentido Común Entradas

La oración de Dña. Carmen y la eutanasia

Dña. Carmen era una familiar lejana, suegra de mi tío materno, mujer sencilla de profunda fe. Murió hace, por lo menos, 10 años y con algo más de 100 años. Hace unos días, sus hijos localizaron una cuartilla escrita a mano, una oración impresionante.

Señor, enséñame a envejecer como cristiano. Convénceme de que no son injustos conmigo los que me quitan responsabilidad; los que ya no piden mi opinión; los que llaman a otro para que ocupe mi puesto.

Quítame el orgullo de mi experiencia pasada y el sentimiento de sentirme indispensable. Pero ayúdame Señor para que siga siendo útil a los demás, contribuyendo con mi alegría al entusiasmo de los que ahora tienen responsabilidades y aceptando mi salida de los campos de actividad, como acepto con naturalidad sencilla la puesta del sol. Finalmente te doy gracias, pues en esta hora tranquila caigo en la cuenta de lo mucho que me has amado.

Concédeme que mire con gratitud hacia el destino que me tienes preparado. ¡Señor ayúdame a envejecer así!

La oración de Dña. Carmen deja clara la talla de esta señora a la que siempre admiramos en mi familia. Pero más allá de esto muestra con enorme claridad la situación interior en la que se encuentran las personas según van cumpliendo los años. Se sienten desplazados, arrinconados, sin un papel que jugar en la vida. Solo les queda esperar a que en «esta hora tranquila» les llegue su hora.

Dña. Carmen tenía una gran fe, la esperanza que ofrece el sentido del sufrimiento y un amor a Dios que le ayudaba a corredimir con su sufrimiento.

¿Qué será de los que no tienen a lo que agarrarse? ¿Qué les pasará por la cabeza a aquellos que el sistema les ha llevado a no conocer ninguna dimensión trascendente de la vida? ¿De aquellos cuyo único sentido es la utilidad? No hay mayor injusticia que «dar una salida», la eutanasia, a los que se sienten una carga para los demás. Parecería que les invitamos a que se digan que no sean egoísta, que su momento de morir ha llegado, que son una carga para los demás que con su muerte se aliviaría.

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Lo que nos salva hoy nos matará mañana

El principal pecado de la sociedad de la que somos parte es pensar que hemos descubierto todos los horrores y errores de la historia de la humanidad y que tenemos la capacidad de resolverlos a golpe de medidas improvisadas. El adanismo.

Los derechos LGBT, el feminismo, el racismo, la transexualidad… ¿Son problemas? Lo son. ¿Merecen atención? Lo merecen. Pero es pretencioso invalidar a todo el que pide reflexión y tiempo para valorar cómo deben resolverse definitivamente los retos y problemas que estos asuntos generan. 

Nos encontramos en un momento que por el mero hecho de haber citado todos estos temas de corrido buena parte de la sociedad generará un juicio durísimo en mi contra. ¿A qué sí? 

La separación de la cultura de la vida, la tradición y la historia junto con la velocidad del desarrollo tecnológico ha generado un clima en el que parece que todo lo nuevo, joven o diferente es bueno por el hecho de serlo. Por contra se descarta todo lo antiguo, difícil o que haga esperar.

La paradoja está en que aquellos mismos que no permiten la reflexión para cuestionar las soluciones más adecuadas a los retos de nuestro tiempo porque las injusticias históricas deben solucionarse de inmediato son los mismos que consumen ropa tan extremadamente barata que solo pueden ser confeccionada en talleres de algún país del sur de Asía por un niño esclavo. Los mismos que tienen la casa, los bolsillos y los cajones llenos de tecnología generado con metales conductores que han costado la sangre de decenas de personas en África. Son aquellos que están dispuestos a pagar una mujer rusa por un óvulo que fecundado se implanta en una mujer ucraniana como vientre de alquiler por un espermatozoide modificado con la cabeza de un padre y la cola de otro. 

Podría seguir días escribiendo las injusticias que genera nuestra vida cotidiana. Algunas antiguas como la vida, otras de hace un cuarto de hora. 

Parece evidente que no todas las injusticias tienen la misma prisa por ser resueltas, quizás no generen votos. Lo que está claro es que lo que nos salva hoy nos matará mañana. Levantemos la vista, miremos a los ojos del que tenemos enfrente, quizás así empecemos a construir un mundo mejor.

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Debe ser muy incómodo

Todavía existen los que se rasgan las vestiduras porque de una cochera de cualquier lugar de España han desalojado a un grupo de 20 ó 30 chavales de fiesta. Entiendo que para la clase dirigente debe ser muy incómodo hacer valer las reglas que ellos mismos se han puesto, aunque poco convencidos.

Todavía oigo el eco de las palabras de Tierno Galván en 1979: “El que no esté colocado, que se coloque… y al loro”. Mucho más frescas tengo las de Irene Montero: “Sola y borracha, así quiero llegar a casa”. 

Llevamos 40 años diciendo a los jóvenes que de lo único que se deben preocupar es de divertirse. Mostrándoles que sus actos no tienen consecuencias al despojarles de la responsabilidad legal a los más pequeños o reconociendo derechos ficticios para eliminar las consecuencias a los mayores. Les engañamos con que si lo desean pueden ser cualquier cosa que se propongan, incluso cualquier persona. Les llenamos la cabeza de derechos adquiridos que les caen del cielo y les despojamos de la contraparte, las obligaciones.

Y ahora, ¿pretendemos que se queden en casa?  ¿Qué renuncien a disfrutar de los “mejores años de su vida” porque los mayores se mueren? Ciertamente a los herederos del sexo, drogas y rock’n roll, los que ahora nos gobiernas, les debe resultar verdaderamente incómodo defender que la única manera de salir de esta es renunciar a uno mismo por el bien propio y de los demás.

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